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A lo largo de su vida, un estadounidense tira una media de 45.000 kilos de basura de las que sólo se recicla el 10%.
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Era admirable y sorprendente, y al principio nos sentimos orgullosos. Ya no había que ir a la compra cargado de recipientes: la bolsa del pan, la lechera, la huevera, la botella de aceite, el casco del refresco o el del yogur, la botella para el vino, los cascos de la gaseosa o del sifón… Los envases iban y venían y como mucho se intercambiaban, y no había más envoltorios que los del papel necesario para cubrir la mercancía que no podía depositarse directamente en la bolsa de la compra, papel que, una vez en casa, se reutilizaba. Y si había perro, no se tiraban ni las sobras.
Ropa de diario y ropa de los domingos, y sólo cuando era necesario, ropa nueva empujaba el ciclo: la del domingo pasaba a diario y la de diario que estaba en mejores condiciones se daba y la otra era para trapos, para limpieza, para remiendos, para pañales.
Esa cultura, que no tiene porqué deberse sólo a la escasez, fue aplastada por la del despilfarro feroz. El consumo desmedido como motor único de la economía. Sigue leyendo →