
Ilustración: Luis Parejo (El Mundo)
No me refiero al cambio climático (que también sería aplicable) sino a la factura de la calefacción, algo que se recibe siempre con disgusto.
¿Sabías que poner el termostato a 20 grados en lugar de 21 podría haberte supuesto un ahorro energético de entre el 10 y el 20%? (en función de cual sea la temperatura de partida).
¿Es necesario que la calefacción supere los 20 grados? (En algunas casas se puede llegar a sudar de calor mientras afuera está nevando.) Ese derroche no parece muy inteligente ni para la economía, ni para la salud.
El complejo sistema de calefacción que todos llevamos de serie, debemos hacerlo funcionar, aunque sólo sea como garantía de que se mantiene en perfectas condiciones.
Hay que enseñar a nuestro cuerpo a mantener temperaturas estables. En habitaciones como los dormitorios, donde ya dormimos abrigados, aún podemos rebajar en dos o tres grados el termostato.
Los expertos recomiendan unas temperaturas medias para cada tipo de habitación de la casa:
- Salas de estar y de estudios: entre 18 y 22 grados
- Dormitorios, entre 17 y 19 grados
- Vestíbulos y cuartos de baño: entre 20 y 22 grados
- Cocina: dependiendo de si hay fuentes de calor como hornos o fogones en marcha, cerca de los 17 grados
Si tenemos en cuenta que la factura de la calefacción supone para muchos hogares un bocado importante en su economía (el 40% de su factura energética en invierno), comprenderemos que cada grado de más puede salir por un pico de euros.
Existe tecnología suficiente (termostatos, programadores, válvulas temostáticas,…) que puede ayudarnos a tomar el control de nuestro propio sistema de calefacción, ya sea con radiadores, suelos radiantes o estufas.
Por ejemplo, en una instalación de calefacción por suelo radiante con apoyo solar como la mía, ese grado de diferencia es el que decide que se ponga en marcha -o no- la caldera y la dimensión -mayor o menor- de mi disgusto al recibir la factura del gas.
Ya sabes, la diferencia está en un grado.
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