
El cambio climático forma ya parte de nuestra cultura cotidiana. Es tema desde las conversaciones más serias a los chistes menos profundos, un tema tan usado que podría pensarse que corremos el riesgo de que sature nuestra capacidad de sorpresa y reacción, convirtiéndose en algo “lógico” a lo que nos hemos acostumbrado.
Cada vez son menos las voces que ponen en duda la evidencia, y se suceden informes que nos muestran un futuro que varía de lo apocalíptico a lo intrascendente, según la militancia del informante.
En cualquier caso, ya nadie niega la evidencia de que la contaminación, el “factor humano”, es el causante del trastorno, y entre los efectos observados, uno de los más preocupantes es aquél que parece mostrarnos que la vuelta atrás no es posible sin volver a trastornar gravemente el entorno. Recuérdese, por ejemplo, el sorprendente efecto negativo que sobre la temperatura tuvo el hecho de que tras el 11 de septiembre dejaran por unos días de contaminar el espacio aéreo norteamericano.
La Asociación para la Conservación de la Vida Salvaje (Wildlife Conservation Society) ha elaborado un informe en el que se recogen una docena de enfermedades que se propagarán a medida que el planeta se caliente y cambien los regímenes de precipitaciones. Casi todas ellas cuentan con uno o varios animales vector, que pueden servirnos de indicador para dar la voz de alarma.
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