Una de las vías de sustitución de los combustibles fósiles es la producción de biocombustibles, y aunque sabemos que la reciente subida de los precios de los cereales se debe a la especulación, ya hemos advertido en otros artículos el peligro que supondría no controlar la competencia entre la agricultura como alimento y la agricultura como fuente de producción de energía.
Por ello, numerosos grupos de investigación tratan de conseguir que la materia prima sea la celulosa, una compleja fibra a base de carbohidratos que da rigidez a las paredes celulares de las plantas. Los biocarburantes hechos con celulosa procedente de los tallos de gramíneas, pulpa de madera, mijo y hierbas, son la alternativa al etanol obtenido de cereales que, además, requieren gran cantidad de energía para su producción. Sin embargo, convertir celulosa en azúcares sencillos es en la actualidad un proceso complejo, ineficiente y caro.
Pensando que el mejor modelo a seguir para el tratamiento de la celulosa se encontraría en aquellos animales capaces de digerirla, Jared Leadbetter y su equipo del California Institute of Technologie (Caltech), Pasadena, estudiaron la termita Nasutitermes corniger de Costa Rica, aislando el ADN de las bacterias de su tracto digestivo, encontrando cerca de 1000 genes que podrían intervenir en la producción de glicohidrolasa, la enzima que rompe complejos carbohidratos como la celulosa.
“Las termitas han convertido la madera en su propio biocombustible desde hace 200 millones de años” dice Leadbetter, “debemos seguir investigando cómo producen esa degradación de la madera, porque nos proporcionará un sistema para conseguir los productos que queremos a partir de los componentes necesarios para ello”.
El próximo paso es determinar cómo trabajan exactamente las diferentes enzimas, ¿son las que mejor hidrolizan la celulosa?, se pregunta Frances H. Arnold, Caltech, ¿podríamos utilizar mezclas específicas para procesos específicos?
Los descubrimientos del Caltech, y el Instituto de Genómica del Departamento de Energía de Walnut Creek, California, son utilizados por la compañía Verenium de Cambridge, Massachusetts, dedicada a la producción de enzimas y biocombustibles, para comprobar industrialmente los hallazgos e investigar combinaciones de enzimas en busca de sinergias.
Pero el genoma microbiano del intestino de la termita ha dejado más beneficios, ya que los investigadores han descubierto 34 grupos de genes cuyas funciones se desconocían, incluida una secuencia específica identificada en una docena de bacterias que digieren celulosa y, como dice Arnold, puede que todavía tengamos mayores sorpresas.
Vía | Technology Review